Setenta veces siete

Señor, ¿Cuántas veces tengo que perdonarlo? (Mt 18, 21)

Siempre me ha llamado la atención que en el Padrenuestro, la única petición que le hacemos al Padre en formato condicional es la de “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Leída de manera aislada, no deja de ser una especie de transacción entre lo que yo perdono y lo que a mí se me perdona (aun a sabiendas de que no son equivalentes), pero en el contexto del Padrenuestro, esta cláusula es el recuerdo diario de la grandeza del perdón del Señor y pone en perspectiva lo complicado que puede llegar a ser perdonar humanamente.

¿Y por qué nos cuesta tanto perdonar? Pues porque perdonar es una decisión consciente y voluntaria de dejar ir el resentimiento, el rencor o la ira hacia alguien que te ha ofendido. Es decir, de alguna manera es hacer que tu orgullo herido no tenga su ración de venganza e incluso “olvidar” que algo que te hicieron te molestó o te ofendió. Podríamos hasta decir que, perdonar al que nos ofende es lo más parecido a «amar a nuestros enemigos como nos pide el Señor. Podríamos debatir aquí que hay ofensas menores y otras que son imperdonables, pero la realidad es que nuestra vara de medir humana queda muy lejos de la vara de medir, llena de misericordia, que utilizaba Cristo que incluso en la cruz llego a decir «perdónalos Padre porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

En este contexto que demuestra lo que nos cuesta perdonar, la pregunta que le hizo Pedro a Jesús y que preside esta entrada cobra todo el sentido del mundo: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿Cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces? (Mt 18,21)” o, dicho de otra manera…¿Dónde está el límite del perdón? ¿Hay algún punto donde la recurrencia de mi ofensor pueda dejar de ser aceptable?

Y la respuesta de Jesús le deja sin palabras (nada fuera de lo habitual por otro lado 😉 : “No te digo siete, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,22). Estas palabras explotan la cabeza de Pedro y aún hoy nos hacen reflexionar alrededor de tres ideas:

  • Pedro plantea al Señor un escenario de perdón muy por encima de lo esperable para la época y sin embargo, el Señor se lo incrementa en un par de órdenes de magnitud más. Setenta veces siete implica perdonar siempre y es la consecuencia directa del mandamiento que nos da el Señor de amarás a tu prójimo como a ti mismo.
  • Las consecuencias de esta llamada a perdonar infinitamente son sorprendentes, no solo para el perdonado sino, especialmente para el que perdona, porque perdonar corta los hilos de ira y de rencor que pesan en el alma como un yunque… ¿Y por qué un yunque? Pues porque el rencor es una carga machacona, pesada y ante el golpe no se deforma él, sino la pieza que en él se apoya.
  • Y finalmente, ¿por qué setenta veces siete y no otros números? Pues porque como la Biblia no da puntada sin hilo, esta respuesta del Señor está íntimamente relacionada con el episodio de venganza que se narra en Gn 22-23 cuando Lamec (descendiente de Caín) dijo “Caín será vengado siete veces, y Lamec setenta veces siete”. Ante este panorama de escalada de tensión, la propuesta del Señor está clara, setenta veces siete (incluido como números romanos en el diseño) es la receta para llevar al arrepentimiento sincero del corazón del ofensor y la única manera posible para parar la espiral de violencia que ha marcado a la humanidad y sus guerras.

Espero que esta reflexión te haya servido de pequeño recordatorio para cuando vuelvas a rezar el Padrenuestro. La regla es sencilla, cuanto menos perdono, más tira el yunque del resentimiento hacia la tierra y más me cuesta acercarme al cielo del Señor. Si descubres que tienes algún que otro «yunque» colgando de tu alma que habría que cortar… ya sabes, los beneficios de perdonar te están ahí esperando…

#teatrevesalucirlo


Descubre más desde Yaltercerdia.com

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.