Este diseño nos invita a mirar a María este adviento en sus distintas advocaciones. Hagamos como ella y afrontemos este adviento de manera valiente, saliendo de nosotros mismos y preparando nuestro corazón para la llegada de Jesús.
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Nuestros ¿por qués?
La vida es injusta. Eso lo vivió en primera persona Simón de Cirene cuando los guardias le obligaron a ayudar a Jesús a llevar la Cruz… ¡ Pero si vengo del campo!… ¡pero si no conozco a ese hombre! … ¡pero si hay muchos más aquí! ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí?
Tiempo de abrazos
Este diseño se inspira en la parábola del hijo pródigo, que muchos autores también denominan la parábola del Padre misericordioso, porque es realmente Él el protagonista de esta historia. El diseño se inspira en la imagen del abrazo del Padre al hijo que vuelve.
La Eucaristía: Tomad y comed.
El nacimiento de Jesús marca, para toda la humanidad, el inicio de una relación nueva con Dios Padre, que se hizo hombre por nosotros. Desde entonces, Jesús ya no nos ha abandonado. Él tiene una presencia real con nosotros en la Eucaristía, donde el pan eucarístico se convierte en su cuerpo gracias a la intercesión del sacerdote.
Y volvieron por otro camino
Este diseño, inspirado en el tiempo de Navidad, hace eco de la adoración de los Magos que es uno de los grandes momentos de toda Navidad, sobre todo para los que vivimos con hijos pequeños, y que nos recuerda la universalidad de la salvación de Dios.
¡Alégrate!
Este diseño quiere recoger el inicio y el final del pasaje de la Anunciación del Señor, cuando el ángel del Señor visitó a María. Esa noche fue para María el momento de inicio de su tiempo de espera paciente al Hijo de Dios y para el resto de humanidad, el inicio de una nueva relación con Dios Padre.
El Rosario: nuestro arma de salvación.
El rosario es la oración universal hacia nuestra madre María para que nos ayude e interceda ante su hijo. Igual que en Cana, ella está atenta a nuestras necesidades e invita a Jesús a actuar. El rosario nos permite ver la vida de Cristo a través de los ojos de María, no como meros espectadores sino como coherederos con Él de su gloria.
