No hago lo bueno que deseo, sino lo malo que no deseo. (Rm, 7, 19)
Este mes de marzo, metidos ya en plena cuaresma, nos detenemos en la fragilidad de nuestra condición humana haciendo un reinterpretación libre del código universal logístico presente en los millones de paquetes que se mueven todos los días por el mundo.
Esta reflexión no habla de la fragilidad física, de la que hemos hablado recientemente aquí, sino más bien en nuestra fragilidad de voluntad, causada por la concupiscencia y, muchas veces, por nuestra interpretación laxa de ciertos elementos morales, así que, como dice San Pablo en su carta a los Romanos, acabamos haciendo lo malo que no queremos en vez de lo bueno que me gustaría.
De alguna manera, esta cita de San Pablo pone de manifiesto el conflicto interno que solemos tener como personas entre lo dice mi yo racional y mi yo instintivo, sobre todo cuando no tenemos nuestros afectos bien ordenados. Sin embargo, un poquito más adelante San Pablo también nos presenta el truco para solucionarlo: «Pues los que viven según la carne desean las cosas de la carne; en cambio, los que viven según el Espíritu, desean las cosas del Espíritu». (Rm, 8,5).
La cuaresma es el tiempo perfecto para emprender, avanzar o retomar este camino de «vivir en el espíritu» aprovechando para ello las tres prácticas cuaresmales que nos propone la iglesia: ayuno (eliminar lo superfluo), limosna (pensar en los demás y no solo en mí) y oración (reforzar nuestra relación personal con Dios).
En este sentido, hay una oración que decimos todos los días en la Eucaristía que nos puede ayudar especialmente en este tiempo de cuaresma que es el “yo confieso”, una especie de ducha de gracia que te prepara antes de bañarte en la piscina de la gracia, que es la Eucaristía. Si repasamos esta oración, vemos cómo se recogen en el diseño de este mes sus tres partes fundamentales en los tres elementos del diseño:
- ” Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos” . El corazón roto nos invita a hacemos humildes ante el Señor reconociendo que nuestro pecado hiere el corazón del Señor y nos separa de su amor, aunque en algunos casos, nos cueste verlo o lo justifiquemos.
- “que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.” La flecha que cae y sube nos recuerda la cantidad de veces que caemos tanto de pensamiento, palabra, obra y omisión. “Quien evita la tentación evita el pecado” es una gran recomendación de San Ignacio de Loyola que nos puede resultar de gran utilidad cuando aún estemos en fase de «pensamiento» (la fase previa de todo pecado), y que en su versión de padre podría también traducirse como «Quien evita la ocasión, evita el peligro».
- “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, por eso ruego a Santa María siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor.” La parte final de la oración es una preciosa intercesión ante Dios contando con todas las personas a las que podemos pedir ayuda en el contexto de la comunión de los santos y del pueblo de Dios, con un papel especial para la Virgen María, nuestra gran intercesora ante su Hijo. Yo siempre me imagino la oración de intercesión como si fuera un paraguas en el que la gracia que Dios me concede, en vez de llegarme a mí, rebota y salpica a los demás. Es bonito pensar que cuando estás en la Eucaristía, tu paraguas rebota gracia hacia los que tienes delante o detrás… pero que el suyo rebota también gracia hacia ti.
Ahora bien, esta oración es solo “chapa y pintura” para los pecados menores (veniales). Cuando nuestro pecado es más grave y la ofensa a Dios es más relevante, el Señor Jesucristo nos regaló un sacramento precioso que es el sacramento de la reconciliación. Como hizo el Padre Misericordioso con el Hijo Pródigo, Él no solo nos perdona, sino que nos restaura su heredad desde cero. Bueno, exactamente no es empezar de cero pero casi… y por eso existen los jubileos (como el de 2025).
Sabernos frágiles nos ayuda a entender que el problema no es caer, sino decidir no levantarnos y regodearnos en nuestra fragilidad (si total, como voy a volver a caer…). Lo que nos cuesta ver es que cada vez que caemos se nos ofrece la posibilidad de levantarnos un poco más valientes, pero también un poco más humildes y concienciados de que estar en gracia con el Señor vale la pena.
¿Cuántas veces más volveremos a caer? Pues seguro que unas pocas… pero si ¡te caes, te levantas, te caes, te levantas! y así, las veces que haga falta…porque la gracia cambia las cosas, aunque a veces sea a pocos. Así que sí, somos frágiles, pero no tanto, porque Cristo nos abre sus brazos para que venzamos esa fragilidad.
Confiamos que esta cuaresma en general y con este diseño en particular puedas examinar cómo afrontas tus fragilidades y decidas apostar por vivir en la gracia del Señor. Vamos a por ello. Mi experiencia me dice que, aunque es duro, un abrazo con Cristo siempre vale la pena…
#teatrevesalucirlo
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