El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14)
Durante la Navidad hasta la ciudad más austera se viste de luces. Si es un poquito más grande incluso tiene árboles de Navidad abundantemente iluminados y organiza mercados navideños. Y si ya es una gran capital, además de todo eso, todos sus monumentos más importantes se engalanan para la ocasión y hasta hay una ceremonia oficial de encendido de luces que atrae a millones de turistas. (!!Ojito, que Madrid ha puesto más de 12 millones de bombillas esta Navidad!!)
En cada una de nuestras casas también hacemos algo parecido, obviamente a nuestro nivel y respetando los gustos y tradiciones que bien hemos heredado o hemos ido creando en nuestra familia. Árboles y belenes decoran nuestros hogares, amigos invisibles salpican nuestras fiestas y cenas, y con el auge de las bombillas led, muchos balcones del barrio brillan rítmicamente, a veces de manera elegante, a veces, las más, como si se tratara de un bar de carretera. Creo que esa es la metáfora que mejor describe como vivimos hoy en nuestra sociedad esta fiesta: Se percibe la Navidad como un tiempo tierno de familia, de reencuentro, de regalos y de fiestas… pero donde Dios ya no parece estar. Un tiempo donde tanto envoltorio bonito nos oculta el verdadero contenido. Un tiempo donde parece que hemos olvidado lo esencial y hemos encumbrado todo lo superfluo y accesorio. ¿En qué momento hemos perdido el rumbo? ¿Sigue teniendo así sentido la Navidad?
Para responder estas preguntas muchas veces me pregunto cómo sería la primera Navidad y me la imagino mirando en silencio el belén que ponemos en casa (nosotros lo ponemos de Playmobil). En la oscuridad de la noche, se puede intuir a María y José, a los que visualizo manejándose como padres principiantes en el portal y luego observo el resto del belén (en nuestro caso, una cascada y su lago, una granja con su huerto, un mercadillo con varios artesanos y unos cuantos personajes extras más) y me doy cuenta de que todos ellos, que lo tenían ahí al lado, ni fueron a adorarle ni, probablemente, fueran conscientes de que Jesús estaba naciendo y como tal… siguieron con su vida normal… y aun así, el Señor nació…
Conclusión: En el fondo no es tan diferente a lo que ocurre hoy en el tiempo de Navidad y la esencia sigue siendo la misma. De hecho, esta esencia es, ni más ni menos, que la segunda gran verdad demostrada y documentada de nuestra fe: Que Dios se hizo hombre en Jesucristo en tiempo de Poncio Pilato. Este acto de amor por parte de Dios hacia la humanidad es lo que distingue la fe católica de otras religiones monoteístas. Mientras que todas ellas comparten la creencia en un Dios Creador, (demostrado por el hecho de saber que el universo tuvo un inicio y por tanto necesita de un creador ajeno en el tiempo, espacio y materia) solo los católicos reconocemos que ese Dios es también Redentor y nos ama, actuó en la historia y nos ofrece una vida eterna por medio de su único Hijo Jesucristo.
Esta es la clave de la Navidad, que Dios nos quiere. ¿y por qué Él nos ama? ¿Qué hemos hecho para que Él nos quiera?… No lo sé, pero ese sentirme infinitamente amado es lo que me llama a corresponderle desde mis limitaciones y a animarte a que tú hagas lo mismo. De hecho, para entender el amor de Dios, a mí me ayuda mucho la letra de esta canción de Hakuna, (Dime Padre).
El mensaje del diseño de esta Navidad, que incluye el portal de Belén acampado a las afueras de un imponente skyline urbano, es que seas consciente de que la Luz está viniendo (Light is coming) a tu historia y a tu ciudad, estés donde estés, porque Dios te ama. ¿Te atreves a corresponderle en este año que comienza?
Te pedimos Señor que todas estas luces de adorno que vemos estos días nos hagan recordar la “Luz verdadera” que se nos regaló en la primera Navidad, que como dice Juan “El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció… Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.
#teatrevesalucirlo
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