La curación del siervo del centurión (Mt 8, 5-13).
Este diseño rememora una de las frases que repetimos en todas las Eucaristías antes de comulgar y que, de alguna manera recoge una aceptación de nuestras limitaciones ante la grandeza de Dios: “no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
Esta frase me ha estado resonando profundamente estas últimas semanas en el corazón al recordar que, en su pasaje original, la dice un Centurión romano (enemigo del pueblo judío) en formato intercesión para uno de sus siervos. Estos elementos la asemejan a otras situaciones parecidas donde Jesús cura, por petición de terceros, a diferentes personajes que no pertenecen al pueblo judío (p.e. Mc 7, 24-30 a la mujer siro-fenicia) ante la sorpresa de sus discípulos.
Estos pasajes tienen tres enseñanzas fundamentales:
- La salvación de Dios es universal. A Dios no se le puede circunscribir a un pueblo, a un grupo, a los que hacen esto así o asá. No. Dios sale al encuentro de quien escucha su palabra y le sigue, aunque esté en un mar de dudas, pueda equivocarse o tener miedos.
- La humildad es el camino que lleva a Dios. Reconocernos pequeños y necesitados es el primer paso para esperar de Dios lo que no podemos hacer por nosotros mismos. Asumir y dejar que Dios sea Dios, aunque cueste, es la mejor manera de dejarle actuar en nuestras vidas.
- La oración de intercesión funciona… porque es desinteresada, nos hace salir de nuestro yo y nos obliga a mirar con cariño y empatía al prójimo. De alguna manera orar por el otro es “amarlo como a mí mismo”.
Sin embargo, una mirada más en profundidad a esta frase me hace preguntarme si no será que a veces realmente lo que no queremos es que el Señor entre en nuestra casa porque sabemos que algún que otro rincón no está del todo limpio y nos da vergüenza que el Señor lo vea. O peor aún, nos puede pasar que tengamos una casa de bonita fachada de cumplimiento dominical, pero con un interior vacío…
De manera equivalente, la segunda parte de la frase es una declaración de fe tan radical que a veces asusta. Ya se lo dijo a la samaritana en el pozo de Jacob y lo cantamos en esta preciosa canción, pero nos cuesta entender que sólo Él basta, que es de su encuentro y de su acogida de donde se deriva el cumplimiento de sus mandamientos y no al revés.
Así pues, este diseño aglutina varios elementos de esta reflexión en un escudo romano, en recuerdo del Centurión que dijo la frase, incluyendo la primera parte de la misma en latín en la parte inferior del escudo.
El escudo se ha decorado como se hacía en el siglo I, pero representando visualmente la intercesión: se observa en la parte superior cómo el soplo de Dios llega al que ora y éste lo rebota, en la parte inferior, hacia las personas que lleva en su corazón.
Espero que te guste este diseño de inspiración histórica. Búscalo en la tienda online y descúbrelo en los diferentes formatos.
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